El año 2026 marcará el inicio de la “segunda mitad” de la década 2020, con un sector energético mundial en transformación dinámica. Tras la recuperación pospandemia, el mundo enfrenta un contexto desafiante, con alta incertidumbre geopolítica a nivel internacional que ha puesto a la seguridad energética en el centro del debate.
Aun así, la transición energética continúa ganando tracción: en 2025 se consolidó un rápido crecimiento de las energías renovables y la electrificación, acompañado de una preocupación creciente por la seguridad y estabilidad en el suministro energético.
Si bien los combustibles fósiles continuarán siendo la principal fuente de energía, en 2025 se alcanzaron nuevos máximos históricos en capacidad solar y eólica a nivel mundial. Esto muestra un sistema energético en proceso de cambio, aunque todavía lejos de reemplazar por completo los fósiles.
CONTEXTO ENERGÉTICO GLOBAL
Para el 2026, anticipo las siguientes tendencias como las más relevantes en el contexto energético global:
1. Crecimiento sostenido de renovables y electrificación
Las fuentes renovables seguirán liderando el crecimiento de la capacidad eléctrica mundial. Se estima que en 2025 la generación eléctrica global superó por primera vez 35% de participación renovable, gracias a los costos competitivos de la solar y la eólica y al apoyo de políticas públicas.
Para 2026, prácticamente todo el aumento neto de capacidad eléctrica provendrá de renovables, consolidando la electricidad limpia como eje del sistema energético. Este auge viene acompañado de la electrificación de usos finales: por ejemplo, las ventas de vehículos eléctricos alcanzaron niveles récord en 2025 (unos 14.7 millones de unidades en lo que va del año, +26% interanual), lo que muestra cómo el transporte acelera su transición hacia la electricidad.
No obstante, el fuerte aumento de la demanda energética mundial mantiene altas las emisiones de sectores difíciles de electrificar, lo que indica que los combustibles fósiles seguirán desempeñando un papel relevante en el corto plazo.
2. Seguridad energética y resiliencia
Los eventos recientes —apagones de gran escala, fenómenos climáticos extremos y nuevas tensiones geopolíticas— han dejado en evidencia la vulnerabilidad de los sistemas energéticos, incluso en economías desarrolladas. La volatilidad en los mercados de gas y petróleo, las disrupciones en rutas marítimas estratégicas y el estrés creciente sobre las redes eléctricas han devuelto la seguridad energética al centro de la agenda global. Hoy, la transición enfrenta un trilema claro: avanzar hacia la descarbonización sin comprometer la asequibilidad ni la confiabilidad del suministro.
De cara a 2026, la prioridad estará en reforzar redes eléctricas, proteger infraestructura crítica y desplegar almacenamiento a gran escala como capacidad de respaldo. La resiliencia energética dejará de ser reactiva para convertirse en una estrategia preventiva, basada en infraestructura, datos y capacidad de respuesta en tiempo real.
3. Diversificación de suministros y materiales estratégicos
La rápida expansión de las energías renovables ha reducido la dependencia de combustibles fósiles, pero ha creado una nueva vulnerabilidad de recursos: los minerales críticos. Litio, cobre, níquel y tierras raras son esenciales para la transición, y hoy sus cadenas de suministro están altamente concentradas, especialmente en el procesamiento, lo que expone al sistema a riesgos geopolíticos, cuellos de botella y presiones de costos.
Hacia 2026, se anticipa que se intensifiquen las alianzas estratégicas y las inversiones en regiones clave como América Latina —en particular el Triángulo del Litio y Chile— mientras crecen los esfuerzos por expandir la infraestructura de transmisión que permita integrar más energía solar y eólica. Al mismo tiempo, el reciclaje de materiales estratégicos (Economía Circular) comenzará a consolidarse como una política energética y de seguridad, reduciendo la dependencia externa y el impacto ambiental. La transición ya no dependerá solo de cuánta energía limpia se produce, sino de qué tan resiliente y diversificada es la base que la sostiene.
4. Almacenamiento de energía y flexibilidad energética
La integración masiva de renovables ha hecho evidente la necesidad de almacenamiento energético para garantizar un suministro estable. El despliegue de baterías (sistemas BESS) se acelerará en 2026, pasando de ser una opción innovadora a un componente esencial de las redes eléctricas.
Durante 2025 ya se observaron avances notables: en países pioneros se financiaron e instalaron proyectos de baterías a gran escala, preparando el camino para que en 2026 haya una mayor presencia de sistemas de almacenamiento acoplados a parques solares y eólicos. Esto permitirá aprovechar mejor la energía limpia disponible –reduciendo vertimientos o curtailment– y brindar servicios de estabilidad (reserva, control de frecuencia) a las redes.
En otras palabras, el almacenamiento dejó de ser opcional, y se está convirtiendo en la solución para suministrar energía en horas pico, mitigar la intermitencia renovable y aumentar la seguridad del suministro eléctrico incluso en contextos de alta producción renovable. Se espera un crecimiento de nuevos modelos de negocio en torno a baterías, como plantas de almacenamiento independientes y sistemas híbridos (parques solares/eólicos con baterías), impulsando también costos más competitivos.
5. Digitalización e inteligencia artificial en las redes inteligentes
La ola de transformación digital seguirá optimizando el sector energético. En 2026, las redes eléctricas inteligentes (smart grids) evolucionarán hacia sistemas aún más automatizados y “cognitivos”, capaces de aprender y adaptarse en tiempo real para gestionar la generación y la demanda de forma eficiente.
La inteligencia artificial (IA) se ha vuelto un aliado estratégico para predecir consumos, optimizar flujos de energía y detectar fallos antes de que ocurran. Por ejemplo, en Europa ya se prevé que estas mejoras digitales reduzcan hasta un 40% las interrupciones del servicio eléctrico y permitan integrar un 15% más de energía renovable sin comprometer la estabilidad de la red. Asimismo, la IA está ayudando a administrar mejor el mantenimiento de infraestructura (con algoritmos predictivos que analizan datos de sensores y drones) y a balancear cargas en microredes y edificios inteligentes.
En paralelo, 2026 verá también la implementación de nuevas normativas tecnológicas –como las primeras regulaciones sobre IA y ciberseguridad en sistemas energéticos– especialmente en regiones como la Unión Europea, lo que garantizará que esta digitalización masiva ocurra con estándares de transparencia, seguridad y protección de datos. En resumen, la convergencia entre energía e inteligencia artificial hará el sistema más eficiente, seguro y sostenible, marcando un salto cualitativo en la gestión energética global.
6. Combustibles sostenibles y otras innovaciones verdes
Más allá de la electricidad, 2026 estará marcado por el impulso a combustibles de baja emisión para sectores donde la electrificación es compleja. Durante 2025 creció la atención en alternativas como el SAF (combustible de aviación sostenible) y el diésel verde, vistos como esenciales para reducir emisiones en aviación y transporte pesado. Si bien su producción aún es incipiente y costosa, se multiplicaron los proyectos piloto, acuerdos a largo plazo y estudios de viabilidad en todo el mundo. Esta tendencia se intensificará: gobiernos y empresas buscarán rutas eficientes para escalar biocombustibles avanzados (incluyendo biometano, que ha despuntado como opción prometedora en transporte y redes de gas). Al mismo tiempo, se esperan avances tecnológicos y normativos en la captura de carbono y en eficiencia energética industrial, junto con la expansión de la gestión energética digital en edificios y fábricas. Todas estas iniciativas apuntan a recortar las emisiones en sectores difíciles y a complementar la electrificación.
En definitiva, el 2026 verá un mix más diverso de soluciones: desde energías renovables dominando la nueva capacidad instalada, hasta combustibles sostenibles y proyectos de captura de CO₂ ganando terreno como partes de la estrategia climática.
CONTEXTO ENERGÉTICO LATINOAMERICANO
América Latina se perfila en 2026 como un escenario clave de la transición energética global. La región combina una extraordinaria riqueza en recursos renovables (sol, viento, hidroenergía, biomasa e incluso potencial geotérmico) con un firme compromiso de gobiernos y empresas hacia la descarbonización. Esto, sumado a marcos regulatorios en evolución y creciente interés de inversores internacionales, crea un terreno fértil para que Latinoamérica acelere su transformación energética en los próximos años. A continuación, destaco cuatro tendencias que marcarán el 2026 en el contexto latinoamericano:
1. Auge sostenido de energías renovables
La mayoría de países latinoamericanos están incrementando agresivamente la capacidad de generación renovable en sus matrices. Para el periodo 2022-2027, la AIE proyecta un aumento del 75% en la capacidad renovable global, y Latinoamérica contribuirá significativamente a ese crecimiento con decenas de proyectos solares y eólicos en desarrollo. Por ejemplo, naciones como Colombia, Chile, México y Perú han lanzado políticas y licitaciones para sumar nueva generación limpia. Colombia espera en 2026 un número récord de nuevos parques fotovoltaicos y eólicos conectados a su red, apoyados por medidas como licencias ambientales abreviadas para proyectos solares menores de 100 MW y programas de paneles solares domiciliarios en comunidades vulnerables. Chile, por su parte, viene de un 2025 dinámico en el que múltiples proyectos solares con baterías alcanzaron cierre financiero y entraron en construcción, y en 2026 prevé mantener ese ritmo de expansión renovable. Incluso países con matrices históricamente fósiles, como México, han retomado impulso: la Secretaría de Energía elevó la meta de generación limpia a 38% para 2030, previendo que la gran mayoría de nuevos proyectos eléctricos entre 2025 y 2030 sean solares o eólicos.
En resumen, Latinoamérica entrará a 2026 con un boom renovable en marcha, diversificando sus fuentes más allá de la hidroeléctrica tradicional e inyectando grandes volúmenes de energía verde que acercan a la región a sus compromisos climáticos.
2. El almacenamiento energético se vuelve protagonista
Paralelamente al crecimiento renovable, Latinoamérica reconoce que el almacenamiento de energía es crítico para el éxito de la transición. Varios países están implementando por primera vez sistemas de baterías a escala de red y ajustando sus normativas para incorporarlos. Chile ilustra esta tendencia: tras un “boom” inicial de proyectos híbridos solares + baterías en 2025, se anticipa una diversificación de actores y financiamiento para BESS en 2026, con más desarrolladores capaces de lograr cierres financieros y bancos flexibilizando esquemas de deuda para estos proyectos. Además, Chile actualizará en 2026 la regulación de pequeños medios distribuidos (PMGD) para integrar almacenamiento en sus operaciones, estableciendo reglas claras de remuneración y control para baterías conectadas a redes de distribución. Perú también dará un salto en esta materia: a partir de enero de 2026 entran en vigor cambios legales que reconocen el servicio de almacenamiento con baterías como parte de los servicios complementarios del sistema eléctrico. Esto abre la puerta a que se desarrollen proyectos de baterías independientes (stand-alone) en el país, algo antes no posible legalmente, una vez se emitan regulaciones específicas para su implementación.
¿Por qué es tan importante todo esto?
Porque las baterías aportan estabilidad y confiabilidad a la red, regulando frecuencia y atendiendo picos de demanda, a la vez que permiten integrar más renovables intermitentes (solar, eólica) sin comprometer la continuidad del servicio. En zonas con redes frágiles o aisladas, el almacenamiento mejora la seguridad energética local y reduce la necesidad de respaldo fósil.
En resumen, 2026 verá al almacenamiento dejar de ser un lujo para convertirse en un aliado imprescindible de la energía limpia en la región.
3. Evolución normativa y nuevos modelos de negocio
Para canalizar estas inversiones, los países latinoamericanos deben modernizar sus marcos regulatorios. En México, la SENER presentó un Plan de Desarrollo Eléctrico a 15 años que combina inversión pública y privada, y confirma que 96% de los nuevos proyectos privados de aquí a 2030 serán eólicos o solares, enfatizando la importancia del almacenamiento para equilibrar la red. En Colombia, se han creado figuras como las comunidades energéticas y la generación distribuida remota, y continúan subastas de energía firme y confiabilidad para garantizar respaldo en la matriz renovable. Chile está ajustando reglamentos para sus licitaciones eléctricas; de hecho, en 2026 prevé adjudicar contratos de suministro por ~1,300 GWh/año a partir de 2029, un paso clave para dar salida a la abundante oferta renovable mediante contratos estables de largo plazo. Y Perú ha actualizado leyes a inicios de 2025 para reducir barreras a la generación limpia y fomentar competencia – por ejemplo, modificó su Ley de Generación Eléctrica para facilitar la diversificación y bajar tarifas.
También empiezan a tomar fuerza en la región contratos como los PPAs financieros o virtuales, que permiten a proyectos renovables asegurar ingresos vendiendo energía de forma indirecta (sin entrega física), protegiendo a inversores ante la volatilidad de precios. Aunque aún incipientes, estos contratos innovadores despiertan interés porque ofrecen flexibilidad y se adaptan a marcos donde los PPA tradicionales enfrentan límites (por ejemplo, cuando la regulación no reconoce potencia firme a solar/eólica).
En suma, Latinoamérica en 2026 deberá ajustar sus “reglas de juego” para viabilizar la transición: leyes más amigables a renovables, regulaciones específicas para baterías, incentivos a la inversión privada y herramientas financieras modernas para atraer capital a la energía limpia. Todo esto apunta a un ecosistema donde proyectos sostenibles sean cada vez más bancables y escalables en la región.
4. Desafíos en infraestructura y financiación
A pesar del panorama promisorio, la transición energética latinoamericana hacia 2026 no está exenta de desafíos significativos. Uno de ellos es el rezago en infraestructura de redes: la capacidad de transmisión y distribución a veces no crece al mismo ritmo que los proyectos renovables, lo que ya provoca cuellos de botella. En Chile, por ejemplo, la zona norte sufre congestión y vertimiento de energía solar/eólica; aunque en 2026 se avanzará en proyectos de expansión de la red, no se esperan soluciones definitivas inmediatas, por lo que el almacenamiento ayudará parcialmente a mitigar el problema. De igual forma, varios países enfrentan demoras en la construcción de nuevas líneas y subestaciones, así como retos para realizar consultas previas y licenciamientos ambientales de proyectos a tiempo – elementos críticos para concretar parques renovables y líneas de transmisión en la región.
Otro reto es garantizar la estabilidad regulatoria y financiera: cambios políticos o normativos bruscos pueden sembrar incertidumbre en inversionistas. La propia Colombia, que consolidó un marco sólido de renovables en años recientes, debate posibles reformas al régimen de servicios públicos que generan inquietud hasta definirse su alcance. Asimismo, asegurar financiación accesible es clave: aunque el apetito de bancos e inversores va en aumento (Latinoamérica atrae cada vez más capital institucional verde), los proyectos deben sortear tasas de interés locales elevadas y riesgos país. Para lograr sus metas, la región deberá reforzar la confianza inversionista con políticas estables, recuperar la inversión es crucial para un desarrollo sostenible en esta segunda mitad de la década.
Por último, está el desafío de la sostenibilidad social: garantizar que la transición beneficie a las comunidades locales, con proyectos que respeten el medioambiente y generen empleos, evitando oposición social. La buena noticia es que muchos de estos retos están identificados y en vía de atenderse. La planificación integrada (ej. sincronizar expansión renovable con obras de red), la creación de fondos climáticos y la cooperación regional (compartir buenas prácticas regulatorias, integrar mercados eléctricos) serán parte de la solución en 2026 y más allá.
CONCLUSIÓN
El 2026 será un año de consolidación y ajustes en el sector energético tanto global como latinoamericano. A nivel mundial presenciaremos la convergencia de fuerzas transformadoras –más renovables, más almacenamiento, más digitalización y nuevas soluciones sostenibles– que, junto con la atención a la seguridad energética, están redefiniendo cómo obtenemos y usamos la energía.
Latinoamérica, por su parte, se afirmará como un protagonista del cambio, aprovechando sus ventajas naturales y corrigiendo rezagos estructurales para impulsar un futuro energético más limpio, resiliente y accesible. El camino no está libre de obstáculos, pero las tendencias indican claramente que la energía del futuro será renovable e inteligente, y en 2026 daremos pasos firmes en esa dirección tanto en el ámbito global como en nuestra región.
Referencias
Global energy in 2026 will be marked by growth, resilience and competition https://www.weforum.org/stories/2025/12/global-energy-2026-growth-resilience-and-competition/#:~:text=Geopolitical%20tensions%20put%20energy%20security,cobalt%2C%20nickel%20and%20rare%20earths