El Niño 2026: Por qué descarbonizar no basta si no construimos resiliencia

ChatGPT Image Jul 11, 2026, 07_17_02 PM

En los próximos meses, el clima volverá a poner a prueba a América Latina. Los principales centros climáticos internacionales coinciden en algo clave: el fenómeno de El Niño tiene altas probabilidades de desarrollarse durante la segunda mitad de 2026.

Y aunque esto suene lejano, sus impactos ya se están sintiendo.

¿Qué está pasando con El Niño?

  • El sistema climático global está saliendo de una La Niña débil y moviéndose hacia condiciones neutrales.
  • Las probabilidades de que aparezca El Niño entre junio y agosto superan el 60–70%, según distintos organismos internacionales.
  • Existe incluso una posibilidad relevante de que sea un evento fuerte hacia fin de año, aunque la intensidad exacta sigue siendo incierta.

Mientras tanto, en la costa del Pacífico sudamericano ya se vive un anticipo:

👉 El Niño Costero, con un calentamiento anómalo en la región Niño 1+2 del océano frente a Ecuador y Perú, que desde febrero de 2026 ha generado impactos severos.

El Punto Ciego del Sistema Energético Latinoamericano

América Latina tiene una de las matrices eléctricas más limpias del mundo, pero también una de las más vulnerables al clima. Porque depende excesivamente de una sola fuente: la hidroelectricidad.

  • La región cuenta con un enorme potencial hidroeléctrico, pero:
  • Gran parte de la generación se concentra en grandes embalses.
  • Cuando llueve menos durante períodos prolongados, los sistemas energéticos nacionales se estresan.

En 2026, El Niño traerá sequías al norte (Colombia, Venezuela y Centroamérica) y lluvias extremas al sur (Perú, Ecuador y Chile). Estas lluvias amenazan con dañar la infraestructura eléctrica y vial, poniendo en riesgo la continuidad del suministro de energía en la región.

El resultado:

  • Riesgo de racionamientos
  • Precios altos
  • Decisiones de emergencia

Mientras avanzamos hacia una matriz más limpia, el inminente desarrollo del fenómeno de El Niño en 2026 nos obliga a reconocer algo clave: sumar capacidad instalada renovable no es suficiente si el sistema carece de:

  • Energía firme
  • Disponibilidad térmica real
  • Logística y contratos de combustible
  • Flexibilidad
  • Coberturas financieras/regulatorias
  • y sobre todo, infraestructuras preparadas para soportar eventos extremos como este.

https://lac.iom.int/es/blogs/el-impacto-de-el-nino-y-la-nina-en-america-latina-y-el-caribe

https://www.energiaestrategica.com/strategicenergy/en/notes/el-desafio-pendiente-de-la-transicion-energetica-por-que-el-sistema-electrico-regional-podria-tensionarse-en-2026

En países como Ecuador, donde la hidroelectricidad representa el 69% de la capacidad nacional, la caída de lluvias ya ha provocado este año que embalses vitales como el de Mazar pierdan hasta 11 metros de cota en un solo mes.

La falta de un respaldo térmico eficiente ha dejado al país en una posición de vulnerabilidad extrema, obligándolo a recurrir a costosas soluciones temporales como el alquiler de barcazas y diésel importado.

https://www.primicias.ec/revistagestion/analisis/ecuador-entra-nueva-fase-crisis-electrica-agua-dependencia-diesel-119406

Implicaciones para la Industria Energética

¿Qué pasa cuando falla el agua?

En períodos secos:

  • Aumenta el uso de plantas térmicas (gas natural, carbón, diésel).
  • Si estas plantas no están disponibles, o el combustible es caro o escaso: los precios se disparan, la confiabilidad cae, y el riesgo de apagones crece.

La energía térmica es un seguro de respaldo, pero solo funciona si:

  • Existe capacidad real
  • Hay contratos y logística de combustible
  • El sistema puede absorber el costo

En el 2015-2016, lo vivido por Colombia es especialmente ilustrativo (Caso El Niño Colombia 2015-2016). Durante ese periodo el sistema experimentó descenso de embalses y aumento del despacho térmico, aumentos fuertes de precios spot (US$400/MWh) y vulnerabilidades por cobertura insuficiente.

¿Cómo contribuyen las renovables no convencionales como la solar y la eólica?

Son fundamentales para descarbonizar, pero no son inmunes al clima.

El fenómeno ENSO puede:

  • alterar patrones de viento,
  • cambiar la radiación solar efectiva,
  • generar complementariedades… o tensiones.

La clave de la resiliencia no reside en apostar por una única tecnología, sino en estructurar portafolios diversificados que integren fuentes de emisiones nulas o bajas con un enfoque sinérgico. Al respecto, este estudio del Inter-American Development Bank subraya que evaluar esta complementariedad es vital para robustecer la seguridad energética ante choques climáticos como El Niño.

¿Y qué pasa con el riesgo físico sobre la infraestructura?

El impacto de El Niño no es solo cuánta energía se produce, sino si puede llegar al consumidor.

Donde domina el riesgo de inundación/deslizamiento (p. ej., costa del Pacífico oriental), el principal impacto puede no ser la energía disponible, sino la capacidad de transportar y restaurar el suministro energético: colapso de torres, socavación, fallas en subestaciones y pérdidas prolongadas si el acceso queda bloqueado.

Un ejemplo claro es el reporte de ENFEN en Perú, que anticipa un incremento en la severidad de las crecidas y la activación de quebradas. Estos eventos constituyen riesgos críticos para la integridad de los activos físicos y la operatividad del sistema.

https://www.gob.pe/institucion/senamhi/informes-publicaciones/7863605-comunicado-oficial-enfen-n-05-2026

Prioridades Estratégicas para el Corto y Mediano Plazo

El posible desarrollo del fenómeno de El Niño hacia finales de 2026 no solo representa un riesgo climático, sino una prueba directa a la resiliencia operativa, regulatoria y financiera de nuestros sistemas eléctricos en América Latina.

Es fundamental que el liderazgo del sector reaccione a tiempo, antes de que el margen de maniobra se agote. Debemos dejar de ser reactivos y enfocarnos en capacidades que no sacrifiquen la confiabilidad, los costos ni el dinamismo económico de nuestros países.

A continuación, comparto algunas acciones estratégicas que considero prioritarias y que debemos empezar a abordar de inmediato:

Corto Plazo (0–6 meses): Contención y preparación operativa

  • Activar planes de acción ante El Niño basados en probabilidades, coordinando información sobre lluvias y caudales, operación del sistema eléctrico, disponibilidad de combustibles y riesgos a la infraestructura, con alertas claras que se activen cuando ciertos indicadores alcancen niveles críticos (por ejemplo, alta probabilidad de El Niño >60% en JJA; o bajos niveles de agua en los embalses <2 meses).
  • Re-optimizar curvas de operación de embalses, alineando criterios de energía firme (por ejemplo, mínimo >2 meses) integrando un enfoque multipropósito en la gestión del agua.
  • Asegurar disponibilidad térmica real, revisando los mantenimientos preventivos y priorizando el de las unidades críticas para garantizar la disponibilidad en los períodos de mayor estrés hidrológico; monitorear inventarios críticos y contratos firmes de combustibles con logística redundante, minimizando en lo posible las compras en los mercados spot. Asimismo, es clave simular escenarios de indisponibilidad para identificar cuellos de botella y tiempos de respuesta, pasando de una capacidad instalada a una capacidad confiable bajo condiciones de estrés.
  • Fortalecer coberturas de precio y energía (hedging), integrando stress tests que simulen el impacto de escenarios de precios extremos en el mercado. La volatilidad climática no puede ser la que dicte el costo de vida de los ciudadanos ni la competitividad de las empresas. En este sentido, la intervención debe ser integral: mientras las empresas aseguran su liquidez operativa, el Estado debe activar planes de cobertura a nivel macro. Este blindaje financiero es la única herramienta eficaz para evitar que los picos de costos se conviertan en subsidios generalizados e incontrolables que drenen el presupuesto público y comprometan la sostenibilidad fiscal del país.

Corto-Mediano Plazo (0–12 meses): Flexibilidad y gestión del sistema

  • Implementar programas de gestión de demanda, especialmente en picos por calor (tarifas horarias, respuesta industrial, eficiencia en refrigeración). Nunca es tarde para iniciar con este tipo de medidas.
  • Acelerar la implementación de mecanismos de flexibilidad operativa, incorporando almacenamiento energético (BESS y otras tecnologías), reservas operativas robustas y un uso más dinámico de las interconexiones regionales. Estas últimas deben concebirse estratégicamente como una “batería compartida”, capaz de absorber excedentes, mitigar déficits y optimizar la operación del sistema a nivel regional, mejorando tanto la resiliencia como la eficiencia económica. Esto requiere evitar enfoques aislacionistas cuando ocurren estos eventos extremos y comenzar a operar como una región energéticamente integrada, donde la coordinación y la complementariedad entre países sean parte central de la solución.
  • Profundizar la complementariedad hidro–solar–eólica, apoyada en un despacho térmico optimizado: Debemos perfeccionar la coordinación operativa para aprovechar la sinergia natural entre todos los recursos. La estrategia central debe ser «ahorrar agua durante el día» mediante una generación solar intensiva, reservando la hidroelectricidad para cubrir la rampa nocturna y los periodos de bajo viento. Este esquema debe complementarse con un despacho térmico eficiente que actúe como ancla de firmeza, asegurando que el respaldo entre en operación solo cuando sea estrictamente necesario, desplazando el uso de combustibles caros y protegiendo la reserva estratégica de combustibles de baja emisiones y bajo costos.

Mediano Plazo (0–24 meses): Resiliencia estructural

  • Invertir en mitigación de riesgo físico y «endurecimiento» de activos: No basta con reaccionar ante la falla; debemos proteger proactivamente la infraestructura crítica (subestaciones, líneas troncales y nodos logísticos). Esto implica actualizar los mapas de riesgo ante inundaciones y deslizamientos, reforzando defensas físicas e integrando tecnologías de mantenimiento predictivo que permitan anticipar vulnerabilidades antes de que un evento extremo las convierta en colapsos sistémicos.
  • Expandir y modernizar redes de transmisión para eliminar cuellos de botella: La red es el sistema circulatorio de nuestra energía. Debemos priorizar inversiones que permitan evacuar excedentes de zonas con recursos renovables hacia los centros de consumo. Una red robusta y modernizada es, además, la base indispensable para una verdadera integración regional, permitiendo que las interconexiones funcionen como una red de seguridad mutua ante déficits locales.

Conclusión

El posible El Niño de 2026 no es solo un fenómeno climático. Es una prueba de estrés para la arquitectura energética de América Latina. La vulnerabilidad actual, evidenciada en crisis recientes en Ecuador y Perú, y los precedentes históricos de Colombia, Panamá, entre otro, confirma que contar con una matriz limpia no es sinónimo de contar con una matriz segura. La descarbonización es el destino, pero la resiliencia es el vehículo necesario para llegar a él sin sacrificar la estabilidad económica.

Para navegar el cierre de 2026 y los años venideros, la región debe trascender la gestión de crisis y adoptar una visión de seguridad energética integral basada en tres pilares:

  1. Sinergia Tecnológica: La clave no está en elegir entre renovables o térmicas, sino en la «orquestación» inteligente. Debemos maximizar la generación solar y eólica para preservar el agua de los embalses y utilizar el respaldo térmico no como un último recurso desesperado, sino como un seguro de firmeza planificado y eficiente.
  2. Integración Regional: Las interconexiones eléctricas deben dejar de ser acuerdos de conveniencia para convertirse en una «batería compartida». La solidaridad energética y la coordinación transfronteriza son las herramientas más costo-efectivas para mitigar los déficits locales.
  3. Blindaje de Infraestructura y Finanzas: La protección física de los activos y el uso de mecanismos de cobertura financiera son fundamentales. No podemos permitir que la variabilidad climática se traduzca directamente en choques fiscales o en la pérdida de competitividad de nuestras industrias.

En última instancia, el desafío de El Niño es una invitación a modernizar nuestra visión del sector. La energía más cara es la que no se tiene, y el costo de la inacción ante las señales climáticas de 2026 será, sin duda, muy superior al de las inversiones estratégicas que hoy resultan urgentes. Es momento de pasar de la alerta a la infraestructura, y de la reactividad a la resiliencia.


Otros recursos útiles:

👉 Para entender mejor el fenómeno de El Niño y sus implicaciones estratégicas para la región, te invito a explorar el artículo: Comprendiendo el Fenómeno El Niño y sus impactos en la Resiliencia Energética de Latinoamérica y Panamá, en el siguiente enlace:

https://www.linkedin.com/pulse/comprendiendo-el-fen%C3%B3meno-ni%C3%B1o-y-sus-impactos-en-la-de-diaz-cohen

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